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12 frases de Oscar Wilde, el más mordaz de los escritores de habla inglesa

Oscar Wilde, la lengua más mordaz que tuvo el Reino Unido, fue un dublinés que había nacido al mundo victoriano el 16 de octubre de 1854, pero que o tempora o mores, fue acusado de inmoral y encarcelado en Londres, donde perdió fama, dinero e incluso la patria potestad de sus hijos.

Al morir el 30 de noviembre de 1900, de meningitis, tenía 46 años y estaba desgastado, decepcionado y muy lejos del brillo de sus conferencias en Estados Unidos y Canadá, o del menudo trabajo periodístico en Pall Mall Gazette y en Woman’s World.

Cien veces más ácido que George Bernard Shaw e intelectualmente mucho más honesto que William Shakespeare, Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde dejó a la posteridad obras literarias de tal agudeza y lucidez que será imposible olvidarlo. 

Se dijo incluso –y es absolutamente incomprobable- que él mismo expresó en alguna de las aduanas por las que transitó: “No tengo nada que declarar excepto mi genio». Y las nieves del tiempo terminaron dándole la razón.
 
Una única novela fantástica (El retrato de Dorian Gray), una nouvelle de antología (El fanstasma de Canterville), varias obras de teatro (El abanico de Lady Windermere, La importancia de llamarse Ernesto, Un marido ideal, Una mujer sin importancia, Salomé) y unos cuantos ensayos, cuentos, epigramas y poemas bastarán para recordarlo eternamente. 

Crítico implacable de la hipocresía social de su tiempo, de la supuesta superioridad británica, de las normas sociales, de la rivalidad británico-estadounidense y filoso sin culpas al extremo, ni siquiera la presencia del mismísimo Príncipe de Gales en alguno de sus estrenos en una sala teatral londinense ató su lengua y lo salvó del escarnio público.

Sin embargo, como bien sabía Oscar Wilde, amante irrecuperable de la fugacidad griega de la vida, las obras quedan y la sabiduría de esas líneas seguirán increíblemente vigentes. A simple modo de ejemplo:

“La mediocridad equilibrando a la mediocridad, y la incompetencia aplaudiendo a su hermana. Este es el espectáculo que la actividad artística de Inglaterra nos brinda cada tanto” (El crítico como artista)

 “Todo arte es inmoral. Porque la emoción en búsqueda de la emoción es el objetivo del arte, y la emoción en la búsqueda de acción es el objetivo de la vida” (El crítico como artista)

“Vivir es la cosa más rara del mundo. La mayoría de la gente existe, eso es todo” (El alma del hombre bajo el socialismo)

“Creer es aburrido. Dudar es intensamente fascinante. Estar alerta es vivir; ser arrullado por la seguridad es morir (En conversación)

“Amo actuar. Es mucho más real que la vida” (El retrato de Dorian Gray)

“Cada uno de nosotros es nuestro propio demonio, y hacemos de este mundo nuestro infierno” (La Duquesa de Padua)

“La humanidad se toma a sí misma muy en serio. Este es el pecado original. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido cómo reír, la Historia habría sido diferente” (En conversación)

“Con su aguda ironía mordaz y su estilo duro y vivo, el Sr. Guy de Maupassant despoja la vida de los pocos andrajos que aún la cubren y nos muestra una herida asquerosa y supurante. Escribe pequeñas tragedias espeluznantes en las cuales todos son ridículos; amargas comedias de las cuales uno no se puede reír por las lágrimas” (La decadencia de la mentira)

“Cuando uno está enamorado comienza a engañarse a sí mismo. Y termina engañando a los otros. Eso es lo que el mundo llama romance (Una mujer sin importancia)

“No hay público literario en Inglaterra excepto para periódicos, impresiones y enciclopedias. De toda la gente del mundo, los ingleses tienen el menor sentido de la belleza literaria” (El retrato de Dorian Gray)

“Los padres no deberían ser vistos ni escuchados. Esa es la única base adecuada para la vida familiar(Un esposo ideal)

“La moderación es algo fatal. Nada triunfa como el exceso (Una mujer sin importancia)

La lengua mordaz de Oscar Wilde

Sus padres lo educaron en su casa y a los 10 años ya hablaba francés y alemán. Lejos del prototipo del ratón-de-biblioteca, Oscar Wilde siempre fue inquieto y mordaz, refugiado en el desenfado de su larga melena rubia tapándole la cara. 

A los 17 años ingresó al Trinity College, en Dublin. No había nacido para los deportes –a lo sumo, remaba cada tanto y con poca gracia por el lago Loch Erne del campus- ni para la ciencia –muy que le pesara a su padre de delantal blanco-. Lo suyo era la literatura clásica.

Su capacidad discursiva fue prematuramente descollante. De tarde, junto al hogar del salón Stone Hall, los compañeros lo rodeaban para disfrutar de su mordacidad habitual. Pero no era el líder: cuando querían hacerlo enojar, lo llamaban Cuervo Gris (Gray crow), y realmente lo lograban; se enfurecía.

Ganó una medalla de Oro en Berkeley por su conocimiento de los clásicos griegos. A los 20 años ingresó en Magdalen College, en Oxford, y sobresalió en los que se consideraban los exámenes más difíciles del mundo british Oxford, Moderations (“Mods”) gracias también a su conocimiento de la literatura griega. En 1878 obtuvo la calificación más alta con el título de Bachelor of Artes y no había nadie que no lo conociera o hubiera oído hablar de él en ese ambiente universitario.  

El ingreso de Wilde a la literatura profesional fue con la poesía. En 1882 reunió en Poems varios poemas dispersos que había dado a luz en revistas universitarias y fue tal el éxito de ventas que totalizó cuatro ediciones. 

Condena homosexual

A pesar de que en los pasillos literarios el nombre de Oscar Wilde quedó envuelto en un escándalo homosexual (recordemos que su lengua viperina era cianuro para la moral victoriana que todavía se vivía en el Reino Unido), Wilde se enamoró perdidamente de Florence Balcombe, la mujer que luego se casaría con Bram Stoker, el autor de Drácula. A tal punto llegó su despecho, que se fue a vivir a Londres y, cuanto pudo, evitó el resto de su vida regresar a Irlanda. 

Fue en Londres donde conoció a Constance Lloyd y, en un abrir y cerrar de ojos, le pidió matrimonio, propuesta que ella aceptó entregando una dote de 250 libras. 

Tuvieron dos hijos, Cyril y Vyvyan, pero cuando Oscar Wilde terminó en la cárcel, acusado de “sodomía e indecencia” por el noveno marqués de Queensberry, padre de su amigo Lord Alfred Douglas, toda la familia Wilde reemplazó por Holland su apellido, sumida en la mayor de las vergüenzas. 

Era el año 1895 y Wilde acariciaba el Olimpo en su carrera literaria. Ante la acusación de inmoralidad, Wilde redobló la apuesta y acusó de calumnias a su acusador. Su propia estrategia de defensa fue decir que “el arte era amoral” y que el marqués lo distraía de su arte. La corte británica quiso elaborar una sentencia “ejemplar” y lo sentenció “culpable”. 

Mientras Oscar Wilde masticaba su desencanto, haciendo trabajos forzados en prisión, durante dos años, en todo Europa comenzaba un recrudecimiento de la intolerancia sexual. 

Ya en libertad, su esposa Constance rehusó volver junto a él aunque nunca le pidió el divorcio, pero hicieron un pacto: ella le pagaría una renta anual vitalicia de 150 libras, con la condición de que Wilde no viviera bajo el mismo techo que Lord Alfred Douglas, cláusula que el escritor violó poco después al aceptar convivir con su noble admirador en Nápoles. La experiencia fue breve y finalmente Wilde partió solo y con nombre falso (Sebstián Melmoth), hacia París.

Al morir, lo velaron cinco mujeres vestidas de negro, que lo sepultaron en el cementerio de Bagneux. En 1909, sus restos fueron trasladados al honorífico cementerio Père Lachaise y enterrados en una tumba con forma de esfinge. El fervor que tantos le negaron cuando cayó en desgracia, finalmente renació post mortem.

Eran tantas las huellas de lápiz labial rojo que decoraban los visitantes de su tumba, que la administración del cementerio parisino debió rodear su sepulcro con un muro y un cartel: “La memoria de Oscar Wilde se debe respetar. Por favor no desfigure esta tumba. Es un monumento histórico protegido”.
 

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Fuente: Perfil

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