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Coraje de la desesperanza vs. doctrina del shock

En 2007 se publicó el controvertido libro de Naomi Klein La doctrina del shock. Partía de los experimentos del psiquiatra Donald Cameron sobre el efecto de privación sensorial y pérdida de la memoria en situaciones de shock, que sirvieron de base a manuales militares para desestabilizar emocionalmente al adversario. Oficialmente, Cameron buscaba “corregir la locura” borrando memorias existentes con técnicas de shock que reducían la capacidad crítica de la persona, para allí poder instalar nuevos pensamientos.

Ni “Segundo tiempo” ni “Vamos por todo” hacen el límite donde Argentina encuentre su identidad

Con simplificaciones y contradicciones, Naomi Klein toma la doctrina del shock como técnica usada para instalar en las sociedades las teorías neoliberales (más justo sería calificarlas de neoconservadoras) del economista Milton Friedman, quien sostenía que “solo una crisis real o percibida produce auténticos cambios”.  

Los argentinos sabemos por experiencia propia que los shocks son parteros de cambios que no se podrían producir en situaciones normales, pero no solo hacia políticas económicas de un único sesgo: la crisis de hiperinflación de Alfonsín en 1989 permitió que Menem pudiera implantar un modelo económico neoliberal, pero, a la vez, el fracaso traumático del default de 2002 le permitió a Néstor Kirchner profundizar un modelo económico opuesto. 
El libro de Naomi Klein dio origen a un documental donde ella termina diciendo: “La terapia de shock funciona mientras no se sabe que existe, la repetición de su uso la desgasta, hace a las sociedades resistentes al shock”, que –estimo– es la situación actual de la sociedad argentina, insumisa a ser llevada en cualquier dirección extrema.

Pero ese no es el diagnóstico con el que Mauricio Macri proyecta el futuro del país expuesto en los reportajes que concedió tras la aparición de su libro Primer tiempo. Sintéticamente: como en 2015 el kirchnerismo dejó el gobierno sin una crisis, la sociedad no estaba preparada para los cambios que eran necesarios y sí lo estará en 2023 porque el fracaso de este último gobierno populista será de tal magnitud que predispondrá a los argentinos a tomar las medidas que no fueron posibles implementar en 2016. 

Esta tesis es un espejo invertido de la del kirchnerismo más duro, que atribuyó su derrota electoral de 2015 a no haber sabido ir “por todo” en 2011, cuando su posición de fuerzas era más favorable. Ambos creen que hay una Argentina potencia allí a la vuelta de la esquina que solo precisa vencer la resistencia de los sectores que se benefician del statu quo: las mafias y sindicalistas para unos, empresarios y banqueros fugadores de dólares para otros. Ambos plantean la llegada de un héroe, que como hizo Alejandro Magno con el Nudo gordiano, corte de un golpe la atadura que retiene a la Argentina al subdesarrollo y ya sin el lastre de esos contrapesos se eleve al lugar donde siempre debió estar. 

El fracaso de los gobiernos de Macri y Cristina Kirchner que condenó al país a más de una década de estancamiento y caída alejó a la mayoría de los argentinos de la esperanza en un salto vertiginoso a la prosperidad. 

A comienzo de la pandemia, intendentes que habían vivido la experiencia de los saqueos en la crisis de 2002 pronosticaron equivocadamente un estallido similar para fin de año al tiempo que analistas políticos y sociólogos se sorprendían por la mansedumbre de la sociedad frente a una caída del producto bruto de 10%, similar a la de 2002. Es probable que no solo la ayuda social del Estado lo haya impedido, sino también que una sociedad que ya experimentó la enorme pérdida producida por los shocks de 1989 y 2002 haya generado un aprendizaje. 

No creer en la resurrección del modelo que encarnó Macri llevó a muchos en 2020 a irse a vivir al exterior. Otro síntoma de la falta de la esperanza en un “segundo tiempo” para 2023 se expresa en los tenedores de bonos argentinos dispuestos a venderlos a precios de remate.

Pero hay otra lectura posible que podría sintetizarse en el “coraje de la desesperanza”. Giorgio Agamben dijo que “el pensamiento es el coraje de la desesperanza” y Slavoj Zizek en un libro homónimo escribió: “El auténtico coraje no reside en pensar una alternativa, sino en el hecho de aceptar que no existe ninguna alternativa” y seguir.

Y aceptar que Argentina no será uno de los países más amigables a los mercados ni tampoco “Venezuela”. Y que la continua puja entre los dos protagonistas del empate hegemónico terminó produciendo un límite que ningún sector puede cruzar y desde esa realidad inmodificable se tenga que construir convivencia.

En la tercera sección del libro primero de Ciencia de la lógica, dedicada a la medida, Hegel explicaba que la cualidad se define tanto por lo positivo como por lo negativo: el límite, lo que no puede ser, define al ser, porque más allá del límite hay otra cosa. El límite es constitutivo de la identidad y quizás los argentinos, en sus repetidas terapias de shock, pudieron constituir lo que no serán. Condición necesaria para acceder a la dimensión positiva del límite (lo que se es).

La “mediocridad sustentable” sería la condición de inicio para un espíritu de nación actual

Los fanáticos de ambos modelos, el núcleo duro de Cristina y Macri, sumados  son minoría respecto de quienes están dispuestos a votar desde el medio por un sesgo moderado de uno u otro menú. Los polarizados son ruidosos, dotan de rating a los medios audiovisuales que los tienen como protagonistas de su show pero no representan el “espíritu del pueblo” –como le gustaba llamar a Hegel– de la Argentina actual. Son otra cosa, fueron ese espíritu de la nación a comienzos del siglo XX unos y a mediados del siglo XX otros, pero estamos en el siglo XXI.
 

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Fuente: Perfil

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