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Del poder a la cárcel

Para las cárceles argentinas, todos los prisioneros parecen ser incorregibles. Nada se hace para evitar que, al salir, reincidan. La sociedad prefiere mirar hacia otro lado, aun cuando al menos por motivos de autodefensa le convendría no hacerlo. Sería indispensable que se preguntara, cuando menos, cómo modificar esas auténticas fábricas de nuevos delitos que son las prisiones. (…)

Si alguien quiere entender la vida y la muerte en la Argentina, la política y el delito en nuestro país, tiene que comprender cómo funcionan las cárceles. Y el mejor camino para hacerlo es leer esta investigación, la más profunda y entretenida que se haya escrito hasta hoy sobre sus habitantes. 

Amado Boudou

El rechinar de la reja oxidada quedó vibrando unos segundos en el aire, mientras la inmensa verja de barrotes verduzcos comenzaba a abrirse. A sus espaldas se cerró con fuerza y lo sobresaltó apenas. Quedó en la absoluta soledad en aquel espacio de más de dieciocho metros de largo. El primer paneo le devolvió lo inevitable: un lugar mugriento y cucarachas que, ante su presencia, huyeron en diferentes direcciones.

Había una heladera oxidada y en pleno desuso en medio de aquel sitio. Todo era abandono. Contándolas rápidamente, determinó que enfrente tenía quince celdas. Podría haber elegido, o dejar al azar, la elección de su lugar, pero ya estaba predeterminado. Algo resultaba extraño en aquella escena, le habían mostrado una lista con seis personas que debían estar alojadas ahí, en el módulo B, pero solo estaba él, inaugurando de alguna manera ese recinto. Fue el primer ex vicepresidente acusado de corrupción en pisar una cárcel federal.

El 26 de octubre de 2017 cobró fuerza. El ex vicepresidente se encontraba en su casa preparando la defensa para el caso Ciccone, la causa por la compraventa de la calcográfica. Por la televisión vio cómo Julio De Vido se entregaba en los tribunales de Comodoro Py, acusado de corrupción.

Supo que la cárcel lo esperaba a él también. Está convencido de que todo responde a una persecución que “tenía como principal objetivo a la cabeza del proyecto”. Una semana después de aquel suceso, a las 05.40, sonó el portero en su departamento de Puerto Madero. Su esposa dormía. Su suegra, que estaba de visita, también. El sonido irrumpió en la tranquilidad de aquella jornada que en pocos segundos se volvió intensa, impredecible, imposible de dimensionar y de digerir. Dos efectivos de Prefectura Naval y una autoridad judicial le avisaron por el intercomunicador que tenían una orden de detención. Aún estaba en pijama, una imagen que en pocas horas fue difundida. La incertidumbre frente a lo que le esperaba fue el sentimiento que imperó cuando le colocaron el chaleco antibalas y las esposas.

Sintió las esposas en sus muñecas, era una sensación extraña, incómoda. Para esa hora ya se había convertido en una noticia nacional, como resultado de la decisión del juez Ariel Lijo. En una camioneta blanca fue trasladado a la sede de Prefectura, donde pasó la primera noche. Aquel “circo romano”, como suele denominarlo, continuó. Luego de una parada de varias horas en Comodoro Py, finalmente lo subieron al móvil del Servicio Penitenciario Federal (SPF) para llevarlo a su lugar de alojamiento. Su condición había cambiado en pocas horas: era un preso más. Cuando ingresó al penal comenzó con los trámites. Primero, una sala en la que lo obligaron a desnudarse para hacerle todo tipo de controles. No hay detenido que no haya sentido esa instancia como un ultraje y una humillación. No sería la excepción. No se lo acuerda, pero ese día le asignaron un número de preso. Tampoco sabe con exactitud cuántos días estuvo detenido, no porque los números no fueran su fuerte, sino porque decidió no llevar esa cuenta, quizá temiendo que fuera una historia con final abierto.

Faltaba el aire. No circulaba ni siquiera algo parecido a una brisa. Todo parecía estático, inamovible. Ese espacio carecía de una ventana que le permitiera mirar hacia afuera de esos pocos metros cuadrados. Pasó la primera noche tras las rejas en el Hospital Penitenciario Central (HPC). Cada cama es una celda, cada celda es una cama. A eso se reduce todo. Pero cuentan con una comodidad extra en relación con los calabozos de los pabellones: un baño con ducha. Ahí pasaba veintitrés horas al día, ya que no había acceso a un patio, no había margen para caminar un poco. Otra vez el agobio, no solo por estar preso, sino por esa suerte de prisión dentro de la prisión que representaba ese reducido lugar. Sin una rendija por la que ingresara algo de luz natural. Nada.

Una luz blanca cuando se encendía, una oscuridad rotunda y sórdida de noche. Silencio, quietud, ahogo. Con los días lo supo, pared de por medio estaba Núñez Carmona, pero durante ese tiempo no pudo hablar con él. Aquella circunstancia era la que le causaba cierto dolor, la relación con su amigo de toda la vida, con su socio, era, para la Justicia, una relación diseñada para cometer ilícitos. Le pesaba haber llegado a esa situación, ser vecinos de celda.

Durante la noche, el grito de otro detenido en el HPC, que solía sacarle una sonrisa, irrumpía esa pasmosa quietud. El pedido, a voz en cuello, que derivó en el reto del guardiacárcel ordenando que guardaran silencio, insistía: “Cantate una, Boudou. Cantate una”. Desde que llegó a la vicepresidencia, no era raro que los actos oficiales terminaran con él tocando la guitarra y cantando en el escenario. 

Estaba por iniciar la séptima noche en el HPC cuando, pasada la medianoche, la puerta principal se abrió y los guardias comenzaron a abrir las celdas una a la vez. La orden que escuchó fue a los gritos: “Preparen el mono, vamos, preparen el mono”. Los policías que ingresaron iniciaron el traslado interno. Ató una sábana, en la que envolvió todo lo que tenía, que tampoco era demasiado, y lo cargó al hombro. Cuando atravesó el umbral del calabozo, a los pocos metros vio a José María. (…)

Era el pabellón B. Le proporcionaron un colchón que él mismo cargó. Tampoco era mullido ni tan pesado, era más bien algo que imitaba un colchón. 

Entonces, el guardia abrió una extensa reja oxidada, añeja como las historias que encerraba. Con aquel sonido metálico de fondo, ingresó a ese sitio de dieciocho metros de largo: un gran rectángulo que contaba con quince celdas una al lado de la otra, todas de igual tamaño, por demás acotado, de 2,35 por 3,50 metros. Lo que sobraba de lugar lo denominaban el Salón de Usos Múltiples (SUM) para imprimirle algo de organización al desorden estructural.

Cuando ingresó se encontró en absoluta soledad. Dejó sobre el suelo el colchón de apenas 80 centímetros de espesor. (…) A esa imagen de decadencia la acompañaba el olor nauseabundo que lo desconcentraba, ese olor a cárcel imperaba por sobre otros aromas. Se dirigió hacia la celda nueve, pese a que todos los calabozos estaban vacíos. Al acercarse a la puerta ciega, que tenía una pequeña ventana, percibió el olor de inmediato. Las paredes oscuras, cubiertas de hollín, corroboraron su presunción: en una revuelta, ese espacio había sido incendiado, pero nunca más  acondicionado. Se respiraba a fuego apagado. (…)

Lázaro Báez

La estepa santacruceña se imponía por donde se pudiera observar. Era sábado, temprano por la mañana. El portón de madera se abrió y la camioneta ingresó raudamente, levantando un poco de tierra. Ese día el viento se hacía sentir como un ruido de fondo, inmutable. Descendió del vehículo, y el único de sus cuatro hijos que se encontraba ahí le anunció la agenda del día: “Viene Néstor a almorzar, y esta vez viene con Cristina. Hay que preparar todo”. Le entregó el postre que había hecho su esposa, un tiramisú, y le pidió que se apurara.

No habían sido muchas las veces en que se reunieron los tres en un contexto de cordialidad. No podía fallar nada. No falló nada. Llegaron, ingresó el auto principal y otro conjunto perteneciente a la custodia. Con su habitual sonrisa, mesurada, y pocas palabras, Lázaro Báez saludó a sus invitados: la entonces presidenta de la Nación y el ex presidente. Historias que se inscriben una en función de la otra. Todo ello parece ser un camino obligatorio a la hora de desentrañar quién era aquel Báez en libertad, creciendo a la sombra del poder, y quién es este Báez, que ve el ocaso de su imperio multimillonario desde que en 2016 ingresó al penal de Ezeiza.

El reloj se detuvo unos instantes. Un cimbronazo, de esos que cambian la historia de un país. El 27 de octubre de 2010 Néstor Kirchner falleció. Lázaro Báez había estado la noche anterior con él, charlando, de a momentos en un tono elevado. Para muchos, una discusión; para él, una conversación más sobre los intereses compartidos, sobre los puntos de encuentro, sobre esos caminos que conducían a ellos dos nucleados por un fideicomiso, por una empresa constructora, por una inmobiliaria, por un negocio hotelero, por lo que siempre el empresario patagónico enfatizó: una amistad.

A partir de ahí todo entró en un frenesí de malos asesoramientos, de negocios fallidos, de torpezas, de hechos para muchos obscenos por su ostentación, de acciones que pavimentarían la ruta de un derrotero judicial que, a causa de los contratos que recibió su constructora, terminó conociéndose como la ruta del dinero K. Resulta inevitable contar la historia de Lázaro sin recaer en la relación con los Kirchner: los negocios que juntos tejieron durante años condujeron al poderoso empresario santacruceño a prisión. Supo adquirir, en diez años, 263.200 hectáreas, lo que equivale a trece veces la superficie de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para terminar en una celda de 2,35 metros por 3,50, donde acumuló 1.460 días.

5 de abril de 2016. La imagen de las fuerzas federales desplegadas sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto de San Fernando fue suficiente para advertir que no estaba todo en orden. Después de casi tres horas de vuelo, y disponiéndose a acomodar el Lear Jet LV BPL, el piloto del avión privado de Lázaro Báez lo advirtió de la situación. La policía estaba esperándolo. La decisión del juez Sebastián Casanello fue inesperada para algunos, inevitable para otros. Hacía horas que los medios de comunicación lo aguardaban en San Fernando. Todos lo sabían, menos él.

Esa noche, por primera vez, durmió tras las rejas. Vestía un pantalón claro, una camisa a cuadros en tonos celestes y zapatillas. Nunca más la reclamó ni la tuvo en cuenta. La noche en una celda, la incertidumbre latente y la imposibilidad de proyectar marcaron esas horas. En el sur habían quedado muchos negocios pendientes, órdenes que no habían sido impartidas aún, un conglomerado empresarial que agonizaba desde diciembre de 2015, cuando Cristina Kirchner dejó la presidencia. ¿Martín está bien?, preguntaba reiteradamente por aquellas horas. Su hijo, aún estupefacto por la determinación judicial, se dirigió al departamento en el barrio de Belgrano. Tampoco durmió. La salud de su padre y la posibilidad de que lo detuvieran a él también lo preocupaban. No lograron hablar ni verse hasta la otra mañana, cuando Báez fue trasladado a Comodoro Py, donde tenía que enfrentar a quien decidió ponerlo tras las rejas, el juez Casanello. Se encontraron. Era muy temprano por la mañana. Ambos lucían cansados, inquietos. No pudieron hablar en privado. Martín le dejó una bolsa de plástico con algo de ropa y sus medicamentos. Lo esencial. Se despidieron con un abrazo. Su temor era que el chaleco antibalas, el casco y las esposas que le habían colocado a él se trasladaran a sus hijos. Nunca imaginó hasta qué punto los había complicado: todos contaron con pedidos de detención, procesamientos múltiples, embargos millonarios, pérdida de ingresos y trabajos e internas familiares tan disímiles como las acusaciones sobre ellos. Su imperio se derrumbaba en todos los aspectos, y ya no podía hacer nada.

En casi treinta días, lo visitaron solo ocho personas, según registros oficiales, pero nadie de su familia. Sus hijos, por muchos meses, no se acercaron a la cárcel de Ezeiza por un pedido expreso de su padre. No quería que lo vieran preso. Quizá creyó que solo permanecería un tiempo, le resultaba inverosímil pensar que estaría más de cuatro años en prisión preventiva. En ese primer mes, las visitas fueron de carácter más técnico. Debía ordenar sus negocios en el sur, entonces ya escasos.

Su vida se reducía a una celda de tres metros por dos, donde contaba con un catre, un inodoro antivandálico de acero inoxidable y una ventana que no superaba los sesenta centímetros de alto. Lo único que destacaba era un reproductor de DVD, pero no lo utilizaba con frecuencia. Un detalle: al principio, probablemente convencido de que su estadía sería breve, apilaba la ropa sobre una silla. A medida que pasaba el tiempo, la pila de ropa (joggings, buzos, zapatillas, todo enviado por encomienda) fue creciendo hasta llegar a dimensiones considerables.

Su núcleo familiar implosionó con él detenido. Sus hijos se pelearon entre sí, y algunos de ellos se rebelaban contra la estrategia de defensa del padre. La guerra interna trascendía la intimidad, y eso no le gustaba. Sin embargo, el 24 de diciembre, su primera Nochebuena, lo visitaron Norma, su ex esposa, y sus hijos. No había nada para festejar, pero igual respetaron la tradición de juntarse. No brindaron.

En el complejo lindante se encontraban detenidos dos íconos del kirchnerismo, Ricardo Jaime y José López. A ambos los conocía. Se cruzaban eventualmente, en los espacios comunes, en los días de visitas, en las fiestas. Antes se cruzaban en la Casa Rosada, en la quinta de Olivos, en Santa Cruz. Esas imágenes del pasado les reafirmaban la idea del abandono político que sufrían.

El empresario patagónico se recluía cada vez más en su calabozo. “Traigan libros”, les repetía a Norma y a su hija Luciana. Pedía, sobre todo, de historia y política. Leer lo 

salvaba, lo sacaba por unos instantes de esa realidad prolongada en el tiempo. Pero también leía detenidamente los expedientes de sus causas judiciales. Conoce cada foja de las investigaciones judiciales, responde a cada una de ellas con argumentos propios, de los cuales algunos que nunca hizo oír ante quienes lo juzgaron. En cuadernos que fue apilando sobre la mesa, escribió, escribe y seguirá escribiendo sus argumentos, sus defensas, las cosas que posiblemente nunca dirá en un estrado. (…)

Julio De Vido

Los rayos de sol que traspasaban las pequeñas ventanas del penitenciario auguraban un día por demás caluroso. Ahí, con el torso desnudo, pantalones cortos y ojotas, estaba él, en uno de esos pasillos lúgubres, con un trapeador y un balde, limpiando el piso del módulo cinco del pabellón siete de la cárcel de Marcos Paz. La escena era común, aunque en otro tiempo hubiese sido impensada. El 26 de diciembre de 2017 había manifestado a través de sus redes sociales, manejadas por su familia, que era un preso “sin ningún privilegio y en iguales condiciones que el resto de los reclusos”.

Se trataba nada más ni nada menos que de Julio De Vido, el ministro más poderoso del kirchnerismo. 

Su historia política con Néstor Kirchner se remonta a la década del 80, cuando se instaló en Río Gallegos junto con Silvia Rodríguez, su esposa por ese entonces, y sus hijos.

Lo conoció en el Ateneo Peronista, que dio origen al Frente para la Victoria santacruceño. En 1987, Kirchner se impuso en las elecciones para intendente de Río Gallegos. Un año más tarde, Julio De Vido fue nombrado presidente del Instituto de Desarrollo Urbano y de la Vivienda (IDUV). La carrera política de Kirchner iba en ascenso. En 1991 asumió la gobernación y lo nombró ministro de Economía. Luego se postuló para diputado provincial, encabezando la lista.

Ganó, pero nunca asumió, porque el gobernador prefirió que siguiera como ministro. Su crecimiento estaba atado a lo que decidiera su líder.

Cuando Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada, creó el Ministerio de Planificación Federal, que dirigió durante doce años De Vido. Desde ahí controló todo lo relacionado con obra pública, servicios públicos, energía, telecomunicaciones, transporte y construcción de viviendas sociales, entre otras cosas. Estamos hablando de la mayor partida presupuestaria del país.

De Vido comenzó a acumular diversas denuncias en la Justicia. El primer expediente en el que figuró su nombre fue el del caso Skanska. La Justicia investigó el pago de sobreprecios de la empresa sueca para construir gasoductos del norte y del sur. El caso, que se inició en el fuero penal económico, obligó al presidente, que decía no tolerar la corrupción en su gobierno, a pedir la renuncia de funcionarios. En el fuero federal se abrió otra denuncia, realizada por Adrián Pérez, de la Coalición Cívica. Esta quedó en manos del juez Norberto Oyarbide, quien años más tarde la cerró, desechando una escucha entre el síndico de la empresa, Claudio Corrizo, y el ex gerente, Javier Azcárate, quienes admitían el pago de sobornos. Se habló de un negocio de 200 millones de dólares y de cómo tenía que pagarse.

La Procuraduría de Investigaciones Administrativas (PIA) insistió en que esa escucha debía ser considerada, y su reclamo llegó hasta la Corte Suprema. Por ese entonces, Oyarbide ya no estaba a cargo del Juzgado Federal 7, y el 13 de abril de 2016 la Cámara Federal de Casación ordenó su reapertura. Un año después, el 17 de agosto de 2017, el máximo tribunal validó la escucha. El fallo dijo que esa grabación tenía valor probatorio y ordenó que se reabriera el caso.

El fiscal Carlos Stornelli le pidió al juez Sebastián Casanello que se desestimaran los sobreseimientos que se habían dictado en la causa Skanska. El juez, tras indagar a los ex funcionarios, consideró que había pruebas suficientes para procesar a Julio De Vido y a José López, entre otros, por las coimas de la firma sueca.

La segunda causa para De Vido fue en 2012, luego de la tragedia de Once. El fallecido juez Claudio Bonadio investigó las responsabilidades, pero no incluyó al ministro. Años más tarde, el 29 de diciembre de 2015, el Tribunal Oral Federal 2, tras condenar a empresarios de TBA y a los ex secretarios de Transporte Ricardo Jaime y Juan Pablo Schiavi, ordenó que se investigara la responsabilidad de De Vido y de Gustavo Simeonoff, responsable de la Unidad de Renegociación de Contratos de Servicios Públicos (Uniren).

El juicio se inició en septiembre de 2017, con el ex ministro en libertad. Fue condenado por el Tribunal Oral Federal 4, el 10 de octubre de 2018, a la pena de 5 años y 8 meses de prisión por administración fraudulenta en carácter de partícipe necesario y absuelto por el delito de estrago 

culposo. Ese veredicto lo escuchó desde la cárcel, y dijo: “Sé claramente dónde estoy y el motivo. Es una decisión política del presidente Macri expresada claramente en la apertura legislativa en 2016, pidiendo meses más tarde de manera pública mi detención, 

junto con su ministro de Justicia y alguna diputada, con la que hoy mantiene una disputa pública por el mismo tema de la prisión preventiva. Parece que, entre tantos arrepentidos, el ministro es uno más. Todo muy patético”.

Pero no fue esa causa la que lo llevó a la cárcel, sino otros dos expedientes, uno en manos de Bonadio y el otro, de Luis Rodríguez. Se trataba de la causa por importación de gas natural licuado entre 2006 y 2015, por una cifra que ascendía a los 26.563 millones de dólares. La estatal Enarsa tenía que cubrir el gas que faltaba con importaciones.

Ahí aparecieron intermediarios cercanos a De Vido, como el ex ministro de Obras Públicas del menemismo Roberto Dromi. El juez procesó a De Vido y pidió su desafuero, ya que, por ese entonces, ocupaba una banca en la Cámara de Diputados. Quien no corrió con la misma suerte fue su número dos, Roberto Baratta, que quedó detenido.

Una denuncia del interventor de Cambiemos en Yacimientos Carboníferos Río Turbio, Omar Zeidan, quien investigó el destino de más de 26 mil millones de pesos hacia YCRT, abrió el segundo frente contra el ex ministro. Según la Justicia, De Vido y otros funcionarios delegaron contrataciones en la Universidad Tecnológica Nacional de Río Gallegos. Se firmaron, al menos, 71 contratos que eludieron los controles requeridos.

El 17 de octubre de 2017, la Cámara Federal ordenó su desafuero y detención tras un pedido del fiscal Stornelli. 

En el fallo, el camarista Martín Irurzun aseguró: “Se verifican en derredor de De Vido indicios para presumir que su libertad constituye un riesgo para el proceso en curso. Su encarcelamiento resulta la única alternativa viable para garantizar el éxito de esta investigación”. Y dejó una frase que luego sería bautizada como doctrina Irurzun: 

“A la hora de examinar la presencia de riesgos procesales no corresponde limitar el análisis al arraigo o la manera en que los involucrados se comportan en el proceso penal, sino que resulta relevante determinar si existen datos reales y objetivos que permitan presumir que los lazos funcionales tejidos al amparo del acuerdo criminal se encuentran aún vigentes y pueden estar siendo utilizados en perjuicio de la investigación penal”. Por mayoría, la Sala II de la Cámara le encomendó al juez federal Luis Rodríguez la solicitud de desafuero y posterior encarcelación.

El destino del todopoderoso ex ministro quedó sellado a las 14.16 del miércoles 25 de octubre de 2017, cuando la Cámara de Diputados, por 176 votos a favor y una abstención, aprobó su desafuero. Inmediatamente, la Gendarmería Nacional fue a buscarlo a su departamento de Avenida del Libertador, pero él ya se encontraba camino a tribunales en el auto de uno de sus abogados, Maximiliano Rusconi.

☛ Título Prisioneros

☛ Autoras Lucía Salinas y Lourdes Marchese

☛ Editorial Galerna
 

Datos de las autoras 

Lucía Salinas Es licenciada en Comunicación Social,  redactora permanente de Clarín y columnista del programa Ya somos grandes (TN). 

Es coconductora de Expediente X en Radio con Vos. Escribió el libro Quién es Lázaro Báez (Planeta, 2013).

Lourdes Marchese es periodista, abogada y mediadora.

Como abogada, trabajó en la causa del asesinato de José Luis Cabezas. 

Actualmente participa en LN+ . Es coconductora de Expediente X en Radio con Vos.

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Fuente: Perfil

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