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El verdadero lastre de la Argentina es el aislacionismo económico y comercial

Tras la cumbre de presidentes del Mercosur que se desarrolló este viernes, no quedó claro si el bloque económico tiene o no mucha sobrevida por delante, si alguien se bajará del barco porque se siente lastre ni quién quedará a bordo. Pero lo que sí quedó en evidencia es la vocación aislacionista del gobierno argentino, que rechaza – como socio pleno del Mercosur- la posibilidad de explorar nuevos acuerdos comerciales con otros bloques o países, y que también rechaza debatir una reducción de aranceles para agrandar la oferta en el mercado regional con el ingreso de productos provenientes de otros países ajenos al Mercosur.

El aislacionismo comercial no es gratuito, desde ya. La Argentina se está haciendo cada año más intrascendente en el comercio internacional, con una participación que se achica y su variación depende, eventualmente, del mayor o menor volumen de la cosecha agrícola.

Clarín publicó semanas atrás las conclusiones de un informe de la consultora DNI que decía esto: “hace un siglo las exportaciones argentinas llegaron a representar el 3% del total mundial de exportaciones. En los últimos 20 años se ubicó por debajo del 0,4% y hoy es del 0,28%. El sesgo antiexportador es una de las claves del retroceso”.

La excusa de la “restricción externa” sumió a la Argentina también en un sesgo anti importador. A pesar de que sobran dólares en el mundo, y los buenos pagadores los pueden tomar a las tasas más bajas de la historia, la Argentina tiene que sentarse sobre sus pocas reservas en dólares para dosificar día a día a quién le vende dólares para pagar una importación. Es así, hay una oficina donde un funcionario recibe a diario a empresarios que van a preguntar cuántos dólares les corresponden. Así se planifica la producción. También están los empresarios, que ante una mínima apertura comercial, denuncian la “invasión” de productos extranjeros. No es solo del gobierno la vocación por el encierro.

El aislacionismo y cierto rechazo a las reglas del libre comercio se pagan, desde ya. La inversión extranjera directa ha caído sistemáticamente en lo que va del siglo. Argentina llegó a captar 30 de cada 100 dólares que ingresaban a la región en forma de inversión directa (no financiera). Hoy, apenas capta 5 dólares, de una torta que, nominalmente, se triplicó respecto a los 90. La ruptura de contratos, más la imposibilidad de hacer negocios rentables hicieron lo suyo. Pero no es solo que los extranjeros no invierten. La tasa de inversión como producto del PBI ronda el 15%, cuando se dice que el piso de inversión para soñar con una crecimiento más o menos sostenible debería rondar el 20%.

La economista Daiana Fernández Molero escribió días atrás en la revista digital Seúl: “Para crecer y desarrollarnos necesitamos integrarnos al mundo. Sin embargo Argentina es una de las economías más cerradas del planeta y en ese podio nos acompañan nuestros socios del Mercosur. No es casualidad: el bloque comercial terminó siendo el instrumento perfecto para gobiernos proteccionistas que buscaron blindar sus economías. El Mercosur debía ser la plataforma para salir al mundo y lo terminamos convirtiendo en un fuerte para proteger a unos pocos beneficiados. El Mercosur trabó la agenda de integración internacional, sin contribuir demasiado a la integración regional”.

Conversando con Clarín, Fernández Molero alertó: “Es muy arriesgado para el Gobierno insinuar siquiera que podría bajarse del Mercosur, no creo que las palabras del Presidente le hayan agradado a la UIA o a las automotrices, por ejemplo. Si somos poco competitivos y encima perdemos a los clientes del Mercosur, el panorama no es bueno”.

En reserva, otro economista que estudia de cerca el comercio internacional, señaló: “Las ganancias del comercio vienen de explotar ventajas comparativas y economías de escala y variedad, y eso se logra por la vía de la especialización. Hay un efecto competencia, transmisión de conocimiento tecnológico, de aprendizaje mediante las exportaciones que las empresas argentinas se lo pierden porque no pueden integrarse adecuadamente a las cadenas globales de producción.”

La decisión de aislarse afecta a la inversión, a la innovación y desde ya, a la posibilidad de generar empleos de alta calidad. Pero en el Gobierno eligen militar el aislacionismo.

Fuente: Clarín

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