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Jóvenes y viejos

Algunos efectos de la mezcla siempre imprecisa de cultura e ideología se hacen sentir hoy. La celebración del juvenilismo, por ejemplo, arrasó en Argentina con una fuerza mayor que en los países europeos. Argentina atravesó muchos períodos juvenilistas. El de la “juventud maravillosa”, por ejemplo, que anduvo a los tiros en nombre de la revolución y luego los recibió en su propio cuerpo.

Perón hablo de la “juventud maravillosa” durante su brevísimo regreso del año 1973 y terminó echando a los Montoneros de la Plaza de Mayo porque le hicieron la vida imposible, le pidieron más de lo que les había ofrecido, insultaron a Isabel, su mujer, y quisieron imponerle hasta el último secretario, a lo cual Perón les contestó con López Rega. Pero, antes, un comando de la juventud maravillosa lo mató a Rucci, el más fiel apoyo que Perón tenía en el sindicalismo.

De todas formas no dejamos de adorar a la juventud, aunque procuramos que se distancie y diferencie un poco de aquella legendaria “juventud maravillosa”. Defendemos a la juventud, porque no queremos ser portadores de ninguna jerarquización ni ideológica, ni religiosa ni filosófica, ni que se nos atribuya la antipática envidia de los viejos. Por otra parte, defender a la juventud conviene para barnizar las transgresiones de los turistas adultos que salieron corriendo hacia las playas de Brasil y los shoppings de Miami, con un entusiasmo tan admirable como el de los impostergables viajes de fin de curso de los secundarios. Adorar a la juventud implica también comprar algunos permisos para uso de los adultos.

El juvenilismo de los adultos tiene un lugar asegurado en las culturas contemporáneas, excepto en países donde el rendimiento educativo es muy importante, como en Francia o Alemania, y no se suplanta con otros encantos.

Un poco de historia reciente. A comienzos del otoño pasado, se conoció la siguiente noticia: un anciano había muerto de coronavirus, cuya génesis habría sido el abrazo de un joven que rompió la cuarentena obligatoria a su regreso del extranjero. Asistió a una celebración que reunió a más de cien personas, entre las que estaba su abuelo. Es de suponer que se saludaron rompiendo todo recaudo. El viejo se contagió y murió. El joven no pudo asistir ni al velorio ni al entierro de alguien que quería tanto, porque estaba internado con covid, pero tuvo un destino previsible y mejor. No sabemos si sintió remordimientos y tampoco importa. El joven contagiador es un caso social, no una simple y poco significativa peripecia individual.

¿Qué puede decirse, aparte de generalidades inútiles, sobre el impulso que condujo al nieto a los brazos de su abuelo, sin que la sombra de una idea pasara por la cabeza de ninguno de los dos? Se puede hablar del autocentramiento juvenil y la puesta en acción de un impulso, que no evalúa las consecuencias. La escuela hoy no enseña consecuencias. La moral familiar, al parecer, tampoco. Se habilita para la libertad irrestricta, olvidando que todo acto libre debe ser evaluado moralmente porque la responsabilidad es la primera de sus condiciones.

La educación descuida este aspecto. Lo subsume en la glorificación de los niños y adolescentes, como si solo se convirtieran en personas responsables después de cierta edad. Sin embargo, cuando son pobres, nadie les concede a ellos esa moral libertina de hacer lo que venga en gana. Digo mal, no es libertina esa moral, porque los verdaderos libertinos son conscientes de su transgresión. Sade lo demostró a lo largo de sus novelas. Cuando no enseña normas morales, la educación glorifica a los menores de dieciocho años, como si fueran a la vez libertinos e ingenuos.

Tuve esa edad y habría mirado con despreciativa superioridad a los mayores que me consideraran sujeto de privilegios. Buscaba la más radical independencia y esa independencia comenzaba con el rechazo a lo que podían darme. Fuimos muchos los que buscamos liberarnos tanto de la protección como de las ventajitas que una cultura tradicional dispensaba a los jóvenes como aliciente para que contribuyeran a la continuidad de esa misma cultura.

Los privilegios, por menores que fueran eran, para nosotros, una forma de extender el dominio de los adultos y obedecer sus órdenes encubiertas. Aprendíamos la moral de la transgresión, que es una moral conocedora de los principios, porque, si los ignorara, no sería transgresora sino simplemente la divagación que una cabeza hueca pone en práctica.

El hada madrina. Alberto Fernández es un hombre de 60 años muy juveniles, ya que acepta como puede los dones de su jefa Cristina: votos, porciones del movimiento justicialista, apoyos variados de intendentes que creen entender bien los deseos de la Señora. Alberto Fernández no parece joven por su aspecto, ni por su afición a tocar la guitarra, que es enternecedora y no tiene el defecto del exhibicionismo. Pero sus actos obedecen a la ideología, la necesidad y los deseos de los mayores, en este caso de Cristina. Alberto es un joven modelo, trabajador y disciplinado, aunque lleguen rumores de que a veces discute un poco, como todo joven.

La Cancillería, a cargo de Felipe Solá, acaba de comunicar que la Argentina se retira del Grupo de Lima, integrado por los países americanos que no buscan una humillación de Venezuela, ni invadirla con marines llegados del norte, sino seguir una camino largo de negociaciones con Maduro, protagonista singularmente inepto para negociar. El argumento argentino para abandonar el Grupo de Lima es que las acciones impulsadas a nivel internacional no habían conducido a nada.

Si pierde la paciencia tan rápido por la falta de resultados, Fernández deberá hacer sus propias cuentas de tiempo y logros. En cuanto al canciller Solá, nunca creí que fuera tan plástico a las sugerencias.

Sabias palabras de Cristina. En este caso las sugerencias fueron, sin duda, de Cristina. La semana pasada, su intervención pública fue desopilante. Tuvo lugar durante un acto en el distrito de Las Flores, aprovechando en beneficio propio la apertura de un “espacio de memoria”. Cristina no se caracteriza por tener recuerdos exactos. Acusó a los Estados Unidos de haber bancado el golpe de 1976, como si aquel golpe argentino fuera una fotocopia del golpe chileno. La potencia del norte es responsable de muchos errores y de haber encubierto muchos crímenes de gobiernos que le eran fieles. Pero no bancó el golpe del 76, cuyos dirigentes confiaron más en el apoyo de Cuba y la URSS que en el del gobierno del entonces presidente norteamericano Carter.

Cristina, que es una antimperialista verbalmente clásica, pasa por alto estos datos. Y quizás los desconozca porque, en aquel entonces, estaba muy interesada en acrecentar el bienestar económico de su familia en Río Gallegos, acompañada por su marido Néstor. Ambos descubrieron los derechos humanos varios años después, cuando comenzaron a formar parte de un capital político que no habían ganado con lucha propia. Tardaron casi tanto como amplios sectores de la sociedad argentina.

Negligente. La vicepresidenta no incurrió solamente en olvidos y negligencias. Como siempre, culpó a la familia de Macri y lo señaló a él como responsable absoluto de los desastres pasados y presentes. Habla como si en la Argentina no hubiera habido presidentes peronistas durante el pasado reciente. Menem, dos mandatos; Kirchner, un mandato; Cristina Fernández, dos mandatos.

También hizo un llamado de respeto a la oposición. Están claras las razones. Por un lado, Fernández necesita esos votos en el Congreso para gobernar. Por el otro, y esto es para Cristina fundamental, necesita de esas voluntades para que la favorezcan con el cierre de sus causas, a las que prefiere que no se les aplique ni indulto ni amnistía, porque eso sería reconocer que esas causas tienen objetos precisos de los que la justicia tomó noticia.

Dejo para quienes conocen la teoría de Freud su observación sobre la rebelión carapintada contra el gobierno de Alfonsín. A Cristina se le soltó el subconsciente y dijo que ningún peronista estuvo del lado del presidente que se pretendía derrocar. Señora, por favor,  vaya más seguido a ver a su terapeuta, si es que el profesional (o la profesionala) ya no se cansó de interpretar sus furcios.

Como los jóvenes, Cristina se mueve con cierta irresponsabilidad omnipotente.

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Fuente: Perfil

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