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La economía, ajustada como nunca por la política

Hasta hace unas horas, la tarea de Martín Guzmán al frente de Economía era ponderable, por decirlo de alguna manera. Redujo la emisión monetaria y la asistencia del Banco Central al tiempo que buscó financiar el déficit con endeudamiento. La recaudación subió por impuestos patrimoniales y por retenciones y derechos al comercio exterior, pero en medio de la recesión es algo. Redujo el gasto, poco, recortando los IFE y ATP. Controló los dólares bursátiles con una mezcla de palo y zanahoria, vendiendo bonos en dólares “baratos” e imponiendo un súper cepo incluso a las importaciones necesarias para la producción. Las reservas de libre disponibilidad, las que realmente importan, subieron un poco, apenas lo necesario como para ir pagando algunos compromisos financieros, tanto del gobierno como de empresas.

Los precios, claro, le siguen pegando sustos al ministro y sus números preocupan en función de la inflación prevista para el año y alejan cada día más la convergencia hacia el dólar de 102,5 pesos anunciado por Guzmán para fin de año. En tanto que el nivel de actividad muestra una tenue mejora, sin reflejos, al menos por ahora, en el nivel de empleo que se mantiene planchado y prendiendo una vela para que mejore la cantidad y calidad de la vacunación y no haya nuevas medidas en términos de cuarentenas o medidas similares. La esperanza estaba en que a partir de abril, por un espejismo estadístico, la economía comenzara a pintarse de verde. En síntesis: una situación mediocre, pero manejable.

El trabajo del Ministro, más allá de los detalles, tenía una llave maestra: el acuerdo con el Fondo, poselectoral y consensuado, para refinanciar la deuda con el organismo y despejar el horizonte de vencimientos por algunos años. 

Sin embargo, en pocos minutos todo cambió. Mientras Martín Guzmán se pelaba los codos negociando con Kristalina Georgieva, la jefa del FMI, esa postergación, la vicepresidenta, y dueña del mayor caudal electoral del trío gobernante, decía que esa deuda era impagable (algo que todos sabían y no decían por pudor) y le pedía al organismo más plazo –20 años como mínimo y tasa más baja– para cancelar los US$44.000 millones adeudados. De paso, le pidió “un gestito” al gobierno de los Estados Unidos, el mayor accionista del FMI, para apoyar la gestión de no se sabe quién, ya que Guzmán busca un acuerdo global, no una extensión de los plazos y baja de tasas. Para diferenciar más “la pelusa del durazno” (sonó realmente más viejo que “hacerse los rulos”, ¿recuerdan?), habló de la Federación Rusa, China y el bimonetarismo sui generis de la Argentina.

Era para la tribuna en un acto político de Cristina Kirchner, pero se escuchó en otros lugares. Tan fuerte sonó que el vocero del FMI, en rueda de prensa oficial, indicó que las condiciones del organismo son iguales para todos sus miembros y descartó un plazo de 20 años u otros privilegios para el país. También se escuchó en “el mercado” y cayeron los bonos y subió el riesgo pais. Luego se calmó un poco efecto, pero hubo ruido cuando se necesitaba silencio. El mismo sonido del default del default de la deuda bonaerense y la oferta que realizó el gobernador Axel Kicillof, en condiciones menos convenientes para los acreedores que la realizada por el gobierno nacional. O sea, por Alberto Fernández y Martín Guzmán.   

La política se metió en la economía en un momento delicado. La Argentina debe pagar este unos US$10.000 millones a diversos organismos financieros. La deuda más urgente son US$2.400 millones al Club de París (prácticamente los mismos accionistas mayoritarios del FMI) que vencen en mayo, y que Guzmán busca, también, renegociar en estos días. Por eso la prolijidad del comunicado conjunto FMI-Economía sobre los avances en un plan conjunto y generalidades por el estilo.

Sin embargo, no todo está perdido. Un experimentado financista local respondía a las consultas que llegaban desde el exterior: “No se confundan, los Kirchner siempre fueron excelentes pagadores, hacen ruido, pero siempre pagan”. Ejemplos sobran, pero mejor hacer un manto de silencio.​

Fuente: Clarín

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