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La economía que viene: fortalezas y amenazas del plan preelectoral

La línea de tiempo de la economía que viene se divide en dos: antes de octubre –el mes de las elecciones legislativas– y después de octubre.

El diseño del gobierno, en trazos gruesos, prevé poner toda la carne en el asador en la primera parte, para mejorar la percepción colectiva de una luz al final del túnel. Después se acumularán problemas y distorsiones. La hoja de ruta para esa etapa no está definida. En realidad coexisten borradores contradictorios en el oficialismo y una disputa de poder pendiente.

El desafío es encajar el diseño en la realidad. El gobierno cuenta con algunas fortalezas. Pero también enfrenta amenazas.

A favor juegan el rebote de algunos sectores productivos –con el campo, la industria y la construcción a la cabeza– una mayor disponibilidad de dólares por la suba en el valor de las exportaciones y cierta paz cambiaria.

Los industriales alertan sobre algunos obstáculos severos a la incipiente y heterogénea recuperación. La más relevante, el Estado ahoga su rentabilidad. Reprime los precios a niveles que no acompañan la suba de costos y extrema la presión impositiva.

Otro factor restrictivo es la insuficiente provisión de dólares para importar insumos. Un caso emblemático es el de la industria automotriz, una de las más dinámicas. Hoy utiliza un 70% de autopartes importadas y enfrenta faltantes.

La construcción se reactiva por la obra privada, sobre todo pequeña. El gobierno intenta apuntalarla con un blanqueo de capitales que se inviertan en la actividad y con el lanzamiento de obra pública, en general menores.

Autos y construcción reciben el impulso de ahorristas que venden tenencias en dólares para comprar bienes que también están dolarizados. La rebaja del Impuesto a las Ganancias para personas físicas apunta a fortalecer esa demanda.

El universo de mayor peso electoral, sin embargo, es el de los asalariados y cuentapropistas sin capacidad de ahorro. Su realidad se exterioriza en los rubros de consumo masivo, como alimentos, limpieza y tocador. Esa demanda todavía estaba en febrero 8% por debajo del año pasado.

Las amenazas principales, en ambos segmentos, son la inflación persistente y la fragilidad de la paz cambiaria. El Banco Central viene vendiendo la mitad de los dólares que le ingresan –los que le faltan a la industria– en el mercado financiero, para evitar un aumento de la brecha cambiaria, que agregaría combustible a la inflación. El margen es finito.

El pequeño superávit fiscal primario –sin contar vencimientos de deuda– duró sólo un mes. Y fue bastante circunstancial, por el ingreso de retenciones atrasadas debido a la huelga portuaria. Febrero cerró otra vez en rojo. Más déficit es más emisión, más inflación y presión sobre el dólar. Implica también más deuda interna y menos crédito al sector privado.

Queda por mensurar además los efectos de segura nueva ola del Covid. Tal vez, el factor decisivo.

Fuente: Tribuna de Periodistas

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