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La muerte del fútbol | La reinvención de la pólvora (15ª entrega)

La metamorfosis ocurrida con las camisetas de los clubes, que eran mantos sagrados casi tan inviolables como los símbolos patrios, es un ejemplo más de las vergüenzas futboleras que preanuncian su final. Primero se autorizó la tímida exhibición de la marca de los fabricantes de indumentaria deportiva, sin modificarse los diseños originales ni los colores históricos y nunca incomodando visualmente al escudo de la institución, siempre presente en todas ellas y no por casualidad fijado en el pecho, sobre el corazón.

Aquello fue para ayudar a los clubes sin condiciones económicas, como hoy lo es el porteño Yupanqui, de Villa Lugano, el más pobre de AFA. Se socorría a entidades que necesitaban equipar a todas sus divisiones como se auxilia a los carenciados en las villas de emergencia. Esa exhibición propagandística les permitía conseguir los uniformes en canje, sin desembolsar el dinero que no tenían y sin necesidad de endeudarse. Hasta allí, todo aceptable.

Como lo fue, en el primordio seminal del fútbol, cuando dejaron de usarse las gorras coloridas que identificaban ambos rivales y clubes del resto de Europa le compraban las casacas a los cuadros ingleses, los primeros en fabricarlas. Así, la Juventus de Italia adquiría los ‘jersey’ blanquinegros del Notts County y los Atléticos españoles, Bilbao y Madrid, compraban las camisas rojiblancas del Southampton y nunca más las cambiaron, los tres equipos citados las hicieron propias. La tradición del ‘no se toca’ duró casi un siglo en el mundo entero.

La muerte del fútbol | Gatillo fácil (14ª entrega)

En 1973 el amarillo y alemán Eintracht Braunschweig, uno de los clubes fundadores de la Bundesliga, se arrojó al barril sin fondo de la publicidad. Fue el agrio limón de esta ácida limonada. Sucedió cuando sus directivos quisieron estampar la marca de un licor y la Federación se lo impidió coherentemente; allí el club de Baja Sajonia usó lo que al hombre tanto lo encumbra como lo hunde: el ingenio. Cambió su escudo, mató al león que identificaba al club desde 1895 y lo reemplazó por el ciervo que distinguía al amargo elixir Jägermeister, con 34,5% de alcohol.

Como si fuese fruto de la picaría criolla, el alemán Eintracht Braunschweig aumentó en un 100% los tamaños del blasón y del animal –en su interior– y gambeteó la prohibición federativa. Su escudo se pareció, entonces, a la etiqueta del licor frutal sin importar el daño hecho a su propia tradición. La voz del dinero habló más alto. Su lírico hincha Urich Rosenbaum fue segregado en las instalaciones del club por oponerse a tamaña afrenta y pedir ingenuamente lo inverso, que la etiqueta del licor incorporase al león del EB, eliminando al ciervo. Se había reinventado la pólvora… Y con ella una nueva guerra mundial, comercial y propagandística.

Era el principio de un final que no paró de ‘esdrujularse’ hasta nuestros días y no parará hasta que todo acabe, mal, como aquí se predice. Al Eintracht Braunschweig, que entonces se sintió rico y poderoso, aquella pasajera oxigenación le sirvió de poco, hoy amarga el penúltimo puesto en la Segunda División germana y está próximo a descender más todavía… Un pasaje bíblico dice que la soberbia precede a la ruina, fue el caso. Merece su actual destino… Pero su novedad se desparramó primero por Europa y luego viajó por el resto del planeta que se especializa en copiar lo malo y negativo, siempre que vaya esparciendo propinas en su ya otoñal camino.

La muerte del fútbol | Sin chances de redención | (13ª entrega)

En nuestra proverbial Argentina, que no podía quedarse atrás sino estar un paso adelante, antes mismo de aquello hubo una aproximación comercial, en los años sesenta. La experiencia fue con Boca Juniors, pero no manchó su camiseta. La marca de gaseosas ‘Crush’ fue exhibida en los buzos con los que el equipo saltaba a la cancha. No pasó de allí en ese instante. Eran tiempos en que Alberto J. Armando presidía a la institución de la Ribera y, ratificando su marca registrada, buscaba innovar. Pero no debe haber gustado de esa interferencia y prefirió dedicar su energía a inventar ‘La Candela’, gloriosa fábrica de cracks que los oportunistas que lo continuaron en la presidencia deshidrataron.

Quién de verdad primero copió a los alemanes en el fútbol vernáculo fue el alguna vez grande Estudiantes de Buenos Aires (o Caseros), en 1978, cuando ya reducido a un club inferior a su pasado, jugó en Primera ‘A’ por primera y única vez en la era profesional. En el triste año del Mundial de la Junta Militar a la que sirvió César Luis Menotti, Estudiantes lució una fea publicidad de ‘Cooperativa Sáenz’ en su pecho. El estrenó ocurrió en la soleada tarde del 18 de julio ante Racing Club. Perdió 5 a 2 en Avellaneda. No le sirvieron para nada las monedas de la Cooperativa que hoy tampoco existe más, demostrando que el camino del éxito no se asocia a ensuciar camisetas…

El tradicional Estudiantes de Buenos Aires, cuyos colores defendieron personajes prominentes como el doctor Oscar Ivanissevich, luego profesor universitario, secretario de educación y embajador argentino en Estados Unidos; los doctores José Susán y Alberto Ochandio, ambos diputados por la provincia de Buenos Aires; el ingeniero Luis Duhau, ministro de Agricultura en el gobierno del general Agustín P. Justo; los catedráticos de la Facultad de Medicina Honorio Tolosa y Alejandro Pawlowski; el poeta Álvaro Melián Lafinur y el escritor Eduardo Abella Caprile, entre otros, enterró parte de su glorioso pasado aquel domingo. Dejó de lado su histórica casaca albinegra a bastones verticales por causa del cliente anunciante: para que nitidamente se vea la marca auspiciante, utilizó una camiseta totalmente blanca, la cual, en ocasiones, por parecerse a los colores del rival, sustituyó por otra peor, amarilla.

La muerte del fútbol | Un grito de socorro (tercera entrega)

El actual Estudiantes de Caseros, nacido en 1898 en la distinguida Avenida Blandengues, hoy Avenida del Libertador, enseguida volvió a Primera ‘B’. Los modestos ingresos de la incipiente cooperativa de crédito vecinal no lo salvaron del descenso. Solo aportaron una falsa ilusión y su dañino granito de arena para que comenzara a destruirse aquello que los clubes, hasta allí, habían conservado intacto: su colorida identificación. Un orgullo que nacía a partir de sus camisetas limpias, solo glorificadas por su ‘escudo corazonal’…

No obstante, debe decirse, en ese momento, con la sociedad menos putrefacta de lo que sería más tarde por el dinero, esa pechera publicitaria no impactó en el mercado local como esperado por los pioneros de tal detrimento. Esta vez, engañosamente, el alma del hincha que criticó la acción, pareció prevalecer. El fútbol ganaba una batalla, pero no la guerra que silenciosamente estaba iniciándose para arrasar con todo… Un lustro después de esa grosera experiencia inicial, aquél virus alemán desembarcó para valer en todos los puertos deportivos. Y se hizo pandemia.

El 26 de febrero de 1983 Boca Juniors –otra vez– vendió su pecho a la inquieta marca de vino ‘Maravilla’, que hasta entonces solo patrocinaba a boxeadores cuyanos. El logotipo del morapio sanjuanino cubrió la franja frontal, horizontal y amarilla que divide los azules ‘Xeneizes’, los que supieron lucir diáfanamente Roberto Cherro, Ernesto Lazzatti y Silvio Marzolini. Fue una revolución. Ensuciar el santo sudario boquense, nada menos que con… ¡vino!, algo muy opuesto a la salud deportiva, tanto como lo era el licor alemán del Eintracht Braunschweig, suscitó polémicas.

El día que los hinchas vistieron a Chacarita Juniors

Presidía a Boca, el empresario chocolatero nacido en España, Martín Benito Noel, quien había sido campeón en 1981 con Miguel Brindisi y Diego Armando Maradona, pero le estaban embargando la mítica Bombonerapor deficiencias estructurales y porque no conseguía pagar los diez millones de dólares que le había costado el famoso Diego, dejando al club en una situación dramática… Boca no solucionó nada con esa propaganda borracha y Domingo Corigliano sustituyó a Noel en diciembre de ese año, en plena huelga de jugadores que querían cobrar lo prometido.

Pese al fracaso del vino ‘Maravilla’ en el club más popular del país, contrario a lo que debía suceder frente a ese decepcionante ejemplo, comenzó a escribirse otro episodio de la historia, solo que este, como ocurre con los grafitis callejeros que polucionan a las ciudades, salpicó y deformó las insignes camisetas de todos los clubes, hasta entonces lindas, distinguibles, amadas e impolutas. El endeudamiento de las instituciones, por culpa del fútbol profesional, mal manejado por dirigentes que comenzaban a ser su parásito más peligroso, llevó a la aceptación de esta fórmula que se creía salvadora. No lo fue.

Después de desfigurarles el pecho, las publicidades comerciales aparecieron en los dorsales, como avisos destacados. Llegaron junto a los nombres de los jugadores con el objetivo de que las cámaras televisivas, ya en boga aunque sin televisión por cable,  enfocasen más las espaldas de los cracks satisfaciendo a quién pagaba por ese espacio de propaganda no tradicional… Más tarde, fueron más marcas en las mangas y, acto seguido, más de una publicidad en el frente y en el verso de lo que ya no era lo que había sido: el uniforme del corazón.

La muerte del fútbol | Manos de guante blanco (Duodécima entrega)

Un cachivache. Pero un gran negocio para mucha gente que ‘no está ni ahí’ con el fútbol. Las casacas hoy parecen mamelucos de pilotos de automovilismo, ya no se identifica al club, porque, además, cada año se estrena un diseño (o dos…) para vender más camisetas y asociar la novedad al sponsor de esa temporada. Patrocinador que suele cambiarse si alguien ofrece más plata o da un vuelto más generoso. Si un ‘design’ queda vinculado a un título vende como pan caliente, en cambio se lo aparta en caso de recordar un descenso. Marketing, que le dicen. ¿Fútbol? ¿Qué pasa con el fútbol? No, eso no interesa…

Está demostrado que las publicidades en las camisetas de los equipos no funcionan (ejemplo: cuando jugos ‘Ades’ patrocinó a Independiente cayó en desgracia con los hinchas de Racing, quienes hasta hoy no lo compran aunque les guste su sabor). Sin embargo, el business continúa porque son muchos los que liban de ese néctar y pocos los que honran la tradición… Fue honorable cuando el Barcelona, durante los años de mayor éxito, en la primera década de este siglo, no comercializó su casaca blaugrana y después se la ofreció benéficamente a UNICEF. Un ejemplo y tanto que nadie siguió, fue poco aplaudido y cuando el club cambió de autoridades, el ‘buitraje’ adhirió al negocio (hoy algunos de esos directivos están procesados y ya conocieron lo que es una cárcel).

Los principales clubes de Europa por estos ingresos de marketing suman el 45% de sus recaudaciones, otro 35% por derechos televisivos y apenas un 20% por el recurso más natural: los hinchas en su estadio y sus cuotas societarias. Frente a esos números, que siembran corruptela por doquier, ¿qué puede alegar la antigua inocencia sin parecer una voz ignorante? Una vez que la oruga se transforma en mariposa, nunca más vuelve a ser oruga. Pero más ingresos no significan mejor club ni cuentas más sanas. ¡No! Está demostrado exactamente lo contrario. Solo representa más coimas y deudas mayores… Pero, recuperemos el relato cronológico para ver quiénes lucran con ‘esto’.

La muerte del fútbol | Zona liberada (Undécima entrega)

Hasta 1973 los clubes no vendían sus camisetas, ese era un negocio de las entonces casi caseras fábricas de artículos deportivos. Leeds United, de Inglaterra, el equipo que hoy dirige ese raro y respetable argentino que es el ‘Loco’ Marcelo Bielsa, fue el primer club en atreverse a comercializar réplicas por siete dólares. Hoy valen más de diez veces eso y las conmemorativas hasta el doble de ello, precio que parece justificarlo todo. “Show me the money” le decía Cuba Gooding a Tom Cruise en el film Jerry Maguire; ¿recuerdan?.

Es tan extravagante el tema que los hinchas pagan una camiseta rústica más de lo que valen las ‘callejeras’ de calidad y que no son de fútbol. Pagan para hacerle propaganda, todas las veces que las usen, a bebidas, bancos, automóviles, sindicatos, compañías aéreas, aseguradoras, casas de apuestas, etc. Divulgan gratis cosas que no consumen y a veces ni conocen, no saben de qué se trata esa compañía o si es digna. Un publicitario italiano me dijo, hace bastante, en una feria del libro infantil, en Bologna: “es la única propaganda gratuita que existe en el mundo; porque las marcas pagan para que sus logotipos se vean por TV cuando juegan los ídolos, no cuando mi vecino va al bar o tu hijo sale a pasear”. Tenía razón, así de ridículo es este espanto.

No sé cuál fue el motivo, pero por la segunda fecha de la actual copa ¿o campeonato de Primera? –vaya uno a saber de qué se trata ese engendro–, vi el empate entre Racing y  Aldosivi. Absurdamente, los dos rivales jugaron con camisetas alternativas, ambas muy distintas de las históricas y verdaderas. ¿Por qué los dos equipos cambiaron su divisa? ¿¡Por quéééé!? ¿No dice el reglamento que quien cambia su camiseta es el visitante? Ambas casacas lucieron diseños más apropiados para ‘uso casual urbano’ que para equipos de fútbol.

La muerte del fútbol | El crimen casi perfecto (Octava entrega)

La de la ‘Academia’, local esa tarde, fue peor que la de los marplatenses quienes, por lo menos, conservaron en los detalles sus colores originales. Racing, en cambio, no tuvo blanco ni celeste en ningún lugar. Era negra y dorada… El horror no acabó allí porque el club tuvo el tupé de utilizarla en Santiago del Estero –¿anticipando el luto que le guardó a su historia?– la noche en que ‘se comió’ 5 ante River por la reciente Supercopa. No conforme con ese desastre, en vez de enterrarla para siempre, volvió a usarla en la Copa Argentina. Es un adefesio no solo por ser negra y ajena a su acervo, también porque el escudo es dorado, berreta, tipo medallón de traficante centroamericano. Pero fea o linda es subjetivo, lo que debe cuestionarse es el abandono de la tradición, la muerte de su identificación.

Es verdad que el juego desplegado ese sábado de Liga entre Racing y Aldosivi, en el ‘Cilindro’ de Avellaneda, no merecía los colores de siempre, no eran las gambetas de Norberto ‘Tucho’ Méndez o los goles del ‘Chango’, Juan Carlos Cárdenas, ni los toques de ‘Manija’ Francisco Mústico o los desbordes del ‘Ruso’ Ricardo Ferlich. No. Y mucho menos lo eran los de la llorosa noche contra River. Quienes las vestían no parecían cracks, pero tampoco eso justifica la demolición de lo poco que, aun tambaleante, todavía está en pie. ¿Quién puede adquirir una camiseta negra de esas? Si me la regalan, voy a suponer que me están cargando y quieren recordarme el 5 a 0. La dejo en algún cementerio.

En eso se convirtieron las Comisiones Directivas y los Comités Ejecutivos, de manera cada vez más experta: en empresas de demolición. Arrasan con todo cuando, en realidad, debiesen ser lo que fueron sus antecesores en tiempos del amateurismo, empresas de construcción. ¿Qué opinarían don Alejandro Watson Hutton, Ricardo Aldao, Saturnino Perdriel, Tomás y Federico Flynn, José Laguna, José Manuel Lema, José Viviani, Arturo Artola y todos aquellos pioneros si vieran lo que nosotros vemos? Por ellos se llegó hasta aquí y sin otros como ellos se acabará con todo. Como está acabando…

Continuará…

* Ex director asociado de ‘Diario Perfil’ y creador de la icónica revista ‘Solo Fútbol’.

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Fuente: Perfil

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