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Mundos íntimos. Como psicoanalista, quería tratar pacientes en un diván. Mis primeros trabajos, desoladores, fueron distintos

Dos años después de recibido de la carrera de Psicología comencé una concurrencia ad-honorem en un Hospital Neuropsiquiátrico. Día uno. Llegué poco antes de las ocho de la mañana, aferrado a mi ataché. Estaba asustado e inseguro. Me pregunté si la niebla que cubría el acceso era parte de algún augurio. No tenía demasiado claro cuál debía ser mi papel. Aun así me preparaba para trabajar en equipo, argumentar diagnósticos, recibir la derivación de pacientes. Apenas atravesé los controles de seguridad me flanquearon dos hombres, descalzos, vestidos con camisa y pantalón azul: “¿Tiene un cigarrillo, doctor?” “¿Me da un cigarrillo?”. Traté de ignorarlos.

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Además de no ser doctor, tampoco fumaba. Esos hombres estaban casi rapados y realizaban movimientos involuntarios. Más tarde me enteré de que esos movimientos eran producidos por un largo historial de psicofármacos. Comprendí que era algo común, y que no tenía nada de normal. “¿Un cigarrillo?”, “¿doctor, tiene un cigarrillo?” Sin dejar de repetirlo me acompañaron en el trayecto hasta el Servicio de Consultorios Externos. Fui presentado al resto de los profesionales que, en ese momento, fumaban y tomaban café en la cocina.

Engrudo. En la imagen de la izquierda, José Retik “padeciendo” los festejos del día en que se graduó. Luego, en su primera jornada de trabajo, los pacientes le pedían un cigarrillo, no un tratamiento.

Engrudo. En la imagen de la izquierda, José Retik “padeciendo” los festejos del día en que se graduó. Luego, en su primera jornada de trabajo, los pacientes le pedían un cigarrillo, no un tratamiento.

“Te voy a llevar a una sala de crónicos”, me dijo el jefe del Servicio mientras se ponía de pie. Me sonó a comentario de director técnico. Fue como si hubiese dicho: “Hoy, pibe, vas a debutar”. Quizás me deriven un paciente, pensé. ¡Cuánta expectativa! ¡Cuánto entusiasmo! ¡Por fin podría incursionar en la clínica psicoanalítica! Esa fantasía me resulta ahora un signo inexorable de ingenuidad.

El lugar contrastaba un poco con mi idilio universitario. Como debutante de las huestes del psicoanálisis me imaginaba un comienzo a “todo trapo”; con un consultorio alfombrado, diván chaise longue, y una biblioteca con la foto del santo patrono: Freud.

En fin, otro tipo de escenografía, de atmósfera.

El predio del hospicio tenía dos grandes alas: crónicos y agudos.

Cuando entré en la sala del sector “crónicos”, cincuenta pacientes (ahora se les dice usuarios y usuarias del sistema de salud mental) me rodearon. Una de ellas tenía una muñeca sin ojos, con el pelo revuelto y la pollera hecha harapos. Balbuceó algo que no alcancé a entender y me abrazó. Sentí una especie de repulsión seguida de culpa. El olor del lugar era nauseabundo, las paredes estaban descascaradas y volaban moscas cerca de los platos de comida . ¿Qué podía hacer yo en ese escenario? ¿Era posible el psicoanálisis allí? Solamente tenía un libro de Lacan en mi ataché. Antes de que pudiera responderme la pregunta, tuve un déjà vu: “Doctor ¿un cigarrillo?”, “¿tiene un cigarrillo, doctor?”. Me sentí en “El día de la marmota”.

El psiquiatra que hacía las veces de “anfitrión” en la recorrida, comentó: “Acá se ven muchos casos de depresión y alcoholismo”. Ninguna de esos términos formaba parte de mi vocabulario técnico. No eran temas específicos de los programas de estudio. En las materias relacionadas con el psicoanálisis estudiábamos neurosis, psicosis y perversión. Lo único que recordé fue una cita de Freud sobre el alcoholismo: “El alcohólico mantiene un matrimonio verdaderamente feliz con la copa”. Eso era todo… Para mí estaba claro que había una distancia entre lo aprendido en la facultad y lo que encontré en el Neuropsiquiátrico. No era lo mismo atender a un paciente descalzo, sin abrigo y saturado de psicofármacos que analizarlo en el cálido confort del consultorio. No todos los pacientes estaban en las mismas condiciones. Muchos de los que se encontraban en el ala de crónicos tenían tal deterioro que era imposible imaginar un tratamiento desde el psicoanálisis. Por otra parte, no me parecía ético limitarme al mero diagnóstico clínico y hacer caso omiso de las condiciones sociales y físicas en las que se encontraban esas personas. Sabía que algunos colegas juzgarían poco profesional mi punto de vista. Me dirían que me faltaba analizarme. O bien, que el psicoanálisis no es para cualquiera. Aclaro que en ese tiempo me analizaba y supervisaba los casos. Lo aclaro porque analizarse, supervisar y estudiar la teoría conforman la tríada básica para la formación de un analista.

Pensilvania. Poco tiempo después de recibirse, José Retik viajó a los Estados Unidos. De recuerdo, una foto “prolija” que contrasta con su experiencia laboral inicial.

Pensilvania. Poco tiempo después de recibirse, José Retik viajó a los Estados Unidos. De recuerdo, una foto “prolija” que contrasta con su experiencia laboral inicial.

En el sector de agudos, particularmente en “Consultorios externos”, me pareció que podía ser posible la práctica psicoanalítica. Era evidente que la cronificación les causaba severos daños físicos y psicológicos. Comprendí que los pacientes que permanecían décadas en el Hospital no tenían familia ni nadie que se hiciese cargo de ellos.

Durante los primeros meses de concurrencia noté que tanto los psicólogos como los psiquiatras definían a sus pacientes por el diagnóstico: “Esta es una histeria machaza”, “Aquél es una psicosis”, “un obse de libro“, ”perverso de acá a la China”, etc. Percibí que había cierta frialdad en la actitud. O tal vez se escudaban en los tecnicismos para soportar la realidad que los rodeaba.

Mi abuelo Daniel llegó a la Argentina en los años 20. Había nacido en Kovel, una localidad que por entonces pertenecía a Polonia. Vino, como tantos otros inmigrantes, en busca de nuevas oportunidades. Los domingos almorzaba en casa de mis padres y solía mostrarme las transformaciones que las guerras produjeron en los mapas de Europa. Siempre dedicaba un capítulo especial a las atrocidades del nazismo. Recuerdo que me habló de alfombras de pelos, montañas de anteojos, jabones humanos, y pueblos enteros enterrados en fosas comunes. Yo era muy chico, tenía siete u ocho años. Sus relatos me resultaban fascinantes y aterradores. En esa época se me dio por hacer un cementerio de moscas. A los cadáveres de los insectos los metía en una cajita de fósforos que luego enterraba. También dibujaba combates de guerra entre tanques americanos y nazis, que coloreaba con crayones.

Vuelvo al Neuropsiquiátrico. Una mañana vi la imagen de un paciente en cuclillas sobre una piedra, vestido de azul y asomándose por un alambre de púas. A la fantasía de poder ejercer la práctica psicoanalítica se contrapuso la cruda escena de la realidad. Después de dos años de concurrencia me perturbaba un interrogante: ¿Qué era lo que estaba haciendo ahí?

Un viejo psicoanalista al que le expresé lo que sentía, me dijo: “no entiendo cómo algunos psicólogos se quedan treinta años en un lugar como ése. Hay que ser muy especial”. Lo cierto era que yo no quería esas experiencias, empecé a buscar algo diferente. Terminé la concurrencia en el neuropsiquiátrico, y conseguí trabajo en una clínica para adultos mayores con servicio de atención a domicilio.

Intríngulis: ¿Sería posible analizar a un adulto mayor cuyo pedido de tratamiento era solicitado por un familiar? ¿Podría por fin ejercer el psicoanálisis (imperativo universitario categórico)?

El Señor L. Hace un año, L tuvo un ACV. Está casado y tiene un hijo. Los familiares agradecen mi entrega y compromiso. Cada vez que llego a su casa se disculpan: “Vos quedate hasta el mediodía que nosotros tenemos que ir al centro a hacer unos trámites”, “Gracias por venir, justo teníamos que salir”, “¡Qué tarde se nos hizo! vamos a hacer las compras al supermercado”. ¿Qué era yo entonces? ¿Un cuidador?, ¿un acompañante terapéutico?, ¿un trabajador social? ¿Había estudiado psicología para eso?

Acepté que esas preguntas estaban dentro de las “reglas de juego”. Decidí seguir adelante a pesar de la incomodidad. Una tarde llegué al domicilio de L, toqué timbre una, dos, tres veces y nada. ¿Habían salido todos? Se me ocurrió mirar por una ventana. Lo vi tendido en el piso con espuma en la boca. Afortunadamente la ventana estaba entreabierta. Conseguí correrla y entrar. Todo sucedió muy rápido, pensé en llamar a emergencias, en avisar a la clínica. L quiso hablarme. Lo ayudé a incorporarse, lo llevé hasta el sillón. La espuma de la boca era crema de afeitar. Estaba frente al espejo cuando se desvaneció. Fue lo único que pudo decirme. Después se puso a llorar como un chico. Durante la carrera me enseñaron que no puede haber análisis sin una demanda del paciente. Si el ACV no hubiese provocado el daño neurológico que tenía, y el propio paciente hubiera solicitado el tratamiento, las cosas podrían haber sido diferentes.

Cuando era chico, mi mamá me llevó a tratamiento con una psicóloga porque le tenía terror a la oscuridad. En la primera entrevista dibujé a mi familia. A mi hermano mayor lo hice muy pequeño, casi del tamaño de nuestro gato. La psicóloga reparó en el detalle y quiso que hablara. Me mantuve en silencio. Al final de la sesión prometió que en el siguiente encuentro jugaríamos. No cumplió. Me hizo hacer más dibujos y responder nuevas preguntas. Antes de irme le dije a mi mamá que nunca más volvería al consultorio porque la psicóloga era una mentirosa. Ahora me doy cuenta de que esa fue la primera experiencia con la profesión.

El Señor P. Mediodía del 31 de diciembre. Preparativos para la celebración de fin de año. Estoy en casa de mis padres conversando sobre las condiciones climáticas cuando suena el portero eléctrico. “Es para vos”, dice mi mamá. Cuando atendí escucho: “Doctor, soy P, vengo a entregarle el arma”. “Ya voy”, respondí sin saber con qué me encontraría.

Les pedí a mis padres que cerraran con llave y que no se asomaran. Bajé las escaleras, abrí la puerta y el Sr. P me apuntó con un revólver. En realidad, lo acercó para dármelo. “No se asuste doctor, vengo a cumplir con mi palabra. Le dije a la psiquiatra que le iba a entregar el arma para no cometer una locura con mi esposa”. Disimulé la sorpresa. ¿Cómo no alterarme si me traía un arma? Sin tener demasiados elementos teóricos para resolver la situación, le pregunté si se había comunicado con la psiquiatra.

Me respondió que lo intentó. Pero como no atendió las llamadas decidió averiguar mi dirección porque me conocía de la clínica. ¿Qué tan cierto era lo que me contaba? Le pedí que dejará el arma en el suelo. Llamé a la psiquiatra para que se hiciera cargo de su paciente. Esta vez, atendió.

No era la primera vez que veía un arma. En la adolescencia, después de salir de una fiesta con un amigo, dos delincuentes nos encañonaron. Fuimos llevados a punta de pistola hasta un terreno baldío en las afueras de la ciudad de La Plata. Nos pidieron el dinero, nos hicieron quitar la ropa y tuvimos que arrodillarnos en el suelo. “¿A quién le tiramos primero?”, dijeron cínicamente. Sobrellevé como pude cada uno de los simulacros de fusilamiento. Cerré los ojos cuando le apuntaron a mi amigo. Después de unas cuantas trompadas e insultos nos liberaron. Por las noches hay poco transporte y para colmo era un día feriado. Estaba empezando a llover cuando volvimos corriendo y en calzoncillos.

La Señora F. En la clínica me derivaron a una paciente que vivía en un geriátrico. Era una señora mayor, de unos ochenta años. Padecía Alzheimer (no existía bibliografía psicoanalítica sobre el tema). Se sienta en la cama, yo me siento frente a ella en un banquito. Abro su historia clínica y me dice: “Ricardo, que suerte que viniste a verme. No sabés cuánto te extrañé. ¿Te pasó algo?” Ricardo era su hijo y había fallecido. Para ese entonces, entendí que tampoco podría practicar el psicoanálisis en la clínica. ¿Cómo debía atender a esta persona? ¿Cómo encararía el tratamiento? ¿Me haría pasar por Ricardo? ¿Diría “ajá, ajá” durante el tiempo que durara la sesión? No encontré respuesta alguna. Como tampoco la tuve cuando a los ocho años la madre de un vecino me preguntó por qué los judíos no creemos en la Virgen María. Esa vez también tuve que improvisar. Le dije: “Y ustedes… ¿por qué creen?”.
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José Retik (1969) Escritor, psicoanalista, docente universitario y productor audiovisual. Vive cada vez que puede. Publicó los libros “¡Araca Lacan!” con Luis Alposta, “Diccionario de psicopatología fantástica” y recientemente su primera novela, “Los Extraestatales”. A los 11 años viajó sólo a Nueva York y estuvo a pocas cuadras del Dakota cuando mataron a Lennon. Ganó la beca del Fondo Nacional de las Artes. Produjo el documental “Rompenieblas, una historia de psicoanálisis y dictadura”. Dirigió y escribió el guión de la serie “La locura en Argentina”, conducida por Pipo Cipolatti. En la adolescencia formó un grupo musical sin instrumentos que se llamó “El papa aquinielado”. Abraham, su padre, le contó que grabó un disco de tangos en el Parque Japonés. Está casado con Diana.

Fuente: Clarín

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