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Pierre Cardin, el modisto que cerró la grieta

Ahora que la palabra “diplomacia” necesita redefinirse en Argentina, viene a cuento remontar la historia de un auténtico maestro en la materia: Pierre Cardin, el diseñador que fue un icono del poder de la moda en la segunda mitad del siglo XX.

A tres meses de su deceso, el 29 de diciembre pasado, Rusia recuerda a Pierre Cardin con lágrimas y respeto. Sobre todo Vladimir Putin, quien en 2013 le entregó en persona la Orden de la Amistad, el reconocimiento que el país otorga a los extranjeros por sus servicios a Rusia.

Pierre Cardin, que no había nacido en Francia, sino en Venecia, pisó la Unión Soviética por primera vez en 1963 y su apertura de espíritu lo posicionó rápidamente como un “trabajador cultural”.  Si creía que un proyecto era viable, no se dejaba influir por los prejuicios políticos, aun cuando los negocios lo llevaran al otro lado de la cortina de hierro.

¿Falta de convicciones? ¿Oportunismo? ¿Respeto a las diferencias? ¿Convergencia? ¿Habilidad comercial? ¿Priorizar resultados? La diplomacia internacional requiere tal vez un delicado equilibrio para caminar en el filo de todas esas cornisas, un camino que Pierre Cardin trazó con maestría admirable.

Vladimir Putin lo condecoró con la Orden de la Amistad, en el año 2013

El hombre que permitió que Europa del Este y Asia supieran qué era el prêt-à-porter, dijo abiertamente que logró renovar la mirada de la moda cuando se sintió inspirado por las imágenes de Valentina Tereshkova, la primera mujer que llegó al espacio coronada por los laureles del Politburó. 

A partir de entonces diseñó varias colecciones (Cosmocorps, Space, etc), en homenaje a la gesta espacial que había inaugurado la Unión Soviética con la hazaña de Yuri Gagarin, el 12 de abril de 1961. Los trajes, vestidos y abrigos Cardin de líneas duras, geométricas, monumentales y futuristas sorprendieron en Occidente y subyugaron a las aristócratas rusas.

Podría decirse que las odiseas cosmonáuticas fueron su caballito de batalla con éxito garantizado, ya que Cardin, siempre hábil, no dudó en revisitar el look espacial cuando en 2011, el Palacio del Kremlin le pidió recordar con un suntuoso desfile el medio siglo de la gesta de Gagarin. 

Ya a fines de los 60, la calle más snob de Moscú, Beriozka, ofrecía a quienes pudieran pagarlas las creaciones más llamativas o estrambóticas de Cardin. Una de sus primeras fans y clientas fue nada menos que la bailarina Maya Plisétskaya, a quién no sólo vistió en varias presentaciones líricas (por ejemplo, Anna Karenina, Teatro Bolshoi, 1971) sino también en la vida privada. 

El oportuno vínculo personal con la primera bailarina lo llevó una docena de años más tarde, en la Perestroika, hasta Mijaíl Gorbachov. Su esposa, Raisa Gorbachova, comenzó a poner en sus manos el vestuario de sus visitas oficiales como primera dama. Lejos de amedrentarse, las tijeras de Cardin sacaron provecho de la nueva tela para cortar en un país tan grande como el continente europeo del que provenía, pero que le abría sus puertas sin limitaciones ideológicas

La grandilocuencia del estilo Cardin, a años luz del lugar común de los sobretodos grises de la era stalinista, subyugaron a las damas de la nueva elite política. 

Nexo entre dos mundos

El diseñador ítalo-francés, que había venido al mundo como Pietro Costante Cardin, en el pueblo San Biagio di Callalta, llegó a París empujado por el hambre de la postguerra y terminó siendo el icono de un acercamiento entre dos mundos que se habían mostrado los dientes durante setenta años. 

En julio de 1991, organizó un mega desfile en la Plaza Roja de Moscú, donde sólo habían sucedido despliegues militares. Se aseguró que 200 mil soviéticos estuvieron allí, participando de ese “regalo para la paz” y todos comenzaron a considerarlo un “promotor cultural”. Había nacido la Cardin manía soviética.

En 1993, su Espace Cardin, en París, montó la ópera rock rusa Juno y Avos, de Mark Zajarov y luego, él mismo, la llevó a Estados Unidos, en calidad de productor. Se decía incluso que solía cantar de viva voz el aria de Zajarov en su restaurante Maxim´s de Moscú, que inauguraría en 1998, como parte de la cadena gastronómica en la que había invertido varios millones.

Siempre innovador, Cardin fue el primero al que se le ocurrió colocar el logo de su marca en los accesorios de su factoría mundial, una decisión “comunista” que volvió su marca más accesible a todos. 

En la misma línea, colaboró con docenas de fábricas textiles en la URSS, produjo colecciones para Europa del Este y se dejó ver en una campaña de recaudación de fondos para limpiar la zona de exclusión de Chernobyl, luego del desastre ambiental que provocó la explosión en la planta nuclear de la actual Ucrania, el 26 de abril de 1986. 

El mismo presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, lo condecoró con la orden Francisk Scorina durante una ceremonia que tuvo lugar en Minsk, “por sus esfuerzos para ayudar a las víctimas del desastre nuclear”, que también los había afectado.

Un año antes de su fallecimiento, a los 98 años, Cardin diría en una entrevista, recordando algunos viejos momentos de su vida: “El comunismo es una ideología bonita, pero no se puede aplicar. Fue una gran desilusión lo que vi allí: hambre, frío, hospitales sucios, fue terrible. Supuestamente, se basaba en la igualdad, pero me quedé muy decepcionado porque aquel comunismo engañaba a la gente, tanto en China como en Rusia. Fui con la idea de que aquello era el paraíso, pero realmente se vivía mejor en Francia“, dijo a la prensa. 

Un auténtico diplomático.

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Fuente: Perfil

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