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Ricardo Gareca y Perú: el Tigre que desató un terremoto y que también supo detenerlo

Ricardo Gareca luce convencido. Sabe contar también los momentos feos. Se hace cargo. El recorrido de las Eliminatorias para Qatar 2022, con apenas un punto de doce posibles, no le modifica su vínculo con el fútbol de Perú. Un puñadito de derrotas no quiebran su relación. Sucede que Gareca es el mismo que fue capaz de generar un terremoto y detenerlo. Con su conducción, con sus manos, con sus arengas. Así construyó una resurrección, la misma que ahora pretende otra vez.

Sucedió un miércoles, hace poco más de tres años. Perú había empatado sin goles como visitante en el partido jugado en Wellington, Nueva Zelanda, y con el triunfo como local ante ese rival desató la euforia de miles de aficionados que transformaron el Estadio Nacional de Lima en el epicentro de una expresión con escasos precedentes.

Según señaló oportunamente el diario El Comercio desde el lugar de los hechos, la euforia ante el gol de Jefferson Farfán, según la aplicación Sismo Detector, desató “alertas de terremoto en Lima”. Esa versión de la app, que se presenta como diseñada para advertir a las personas de un desastre natural de ese tipo cuando es inminente, incluso se hizo viral en pocos minutos.

Jefferson Farfán celebra el tanto que empieza a darle a Perú el pase a Rusia 2018. Foto AFP / Luka Gonzales

Jefferson Farfán celebra el tanto que empieza a darle a Perú el pase a Rusia 2018. Foto AFP / Luka Gonzales

“Calma, muchachos”, pidió Gareca. A sus jugadores y también al público en aquel Repechaje. Luego, con el gol de Christian Ramos se convertiría en épica. En clasificación, en fiesta de todos los peruanos, en hito. El sismo dejó lugar a los abrazos entre todos.

Sucede justo después: Gareca vuela por el aire. En la intimidad del vestuario local del estadio Nacional de Lima, el Tigre de Tapiales comprende para siempre que nunca podrá dejar de ser un peruano más.

Es mago: más allá de la verdad de su pasaporte argentino, este tipo de 59 años es caleño cada vez que visita Colombia y, desde la noche del 15 de noviembre, se convirtió en peruano, como si hubiera nacido en Lima, en Chiclayo, en Arequipa, en las alturas del Cuzco o en cualquier otro rincón de bellezas.

En los momentos malos, ofreció lo mismo que ahora: prudencia. Estuvo en la cornisa. Fue octavo hasta la decimotercera fecha de las Eliminatorias. Algunos -desde los medios que luego ofrecieron adjetivos grandilocuentes- reclamaban su renuncia.

Juan Carlos Oblitas -figura del equipo del 82 y hombre influyente del fútbol peruano- lo defendió y lo defiende. Pero sobre todo lo bancaron sus jugadores. En público y en privado, desde Paolo Guerrero hasta el menos conocido de los futbolistas del ámbito local se manifestaron en nombre de su continuidad.

Ricardo Gareca, al frente de Perú, ante Argentina en noviembre del año pasado. Foto Reuters

Ricardo Gareca, al frente de Perú, ante Argentina en noviembre del año pasado. Foto Reuters

De esas lealtades nacieron las victorias de ese 2017 sin olvido. Y con ese mismo método lo quiere lograr ahora. 

“Gareca les cambió la cabeza a los jugadores”, le contó a este diario Danilo Carando, entonces goleador del Real Garcilaso, el mejor argentino en la Liga de Perú. El también estaba y está asombrado con la adoración que los peruanos le rinden a Gareca. No es casualidad: allí están todos convencidos de que el Tigre es Messi con pelo largo.

Su magia, en este caso, tiene explicación. El hombre que ya es abuelo fue el padre de un milagro: Perú se clasificó a una Copa del Mundo por primera vez desde aquella cita en España 1982. 

“Nos cambió la mentalidad. Empezamos a creer. Incluso en los peores momentos, él siempre confió en nosotros y nosotros en él”, explicaba Christian Cueva, mediocampista del San Pablo. El mismo que participó de la primera escena posterior a la certeza de la clasificación peruana para Rusia 2018. Gareca lo abrazó y le ofreció un beso paternal.

En ese detalle también está contado el vínculo: el entrenador convenció a un grupo frecuentemente asociado a las dispersiones extradeportivas. Incluyó desde la palabra, lideró sin perseguir, amalgamó entre diversos. Ahora, entre dificultades diversas, va por más. Por otro terremoto.

“Hoy Gareca se podría presentar a elecciones y sacaría el 99% de los votos. Acá es Messi. Es para que le pongan su nombre a la Javier Prado, algo así como nuestra General Paz”, le contaba desde Lima a Clarín Matías Labat en los días del sismo. Es argentino, trabajaba allí desde hacía cuatro años y un asombro se le aparecía sobre la ventana: había asueto en el país.

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Era día de celebraciones. Matías trabajaba entonces en una multinacional. Nunca vio sonrisas tan grandes en sus empleados. “La clasificación de Perú se vivió como un título mundial en la Argentina. Fue eso. Y sigue siendo ahora…”. Continuaba el festejo. Ninguno de los que con él trabaja vio a aquel Perú que consiguió dos empates en sus tres partidos en España 1982.

Salvo en los mágicos años setenta (aquellos del inmenso Teófilo Cubillas como crack y goleador), Perú no vivió días tan felices como en el ciclo del Tigre.

El seleccionado ganó dos Copas América desde su primera participación hace nueve décadas. Las obtuvo en 1939 y en 1975. Su tercer mejor recorrido fue el bronce logrado en Chile 2015 y la final en Brasil 2019 decoró el valioso trayecto con Gareca a cargo.

Además de la histórica clasificación, Perú consiguió su mejor ranking FIFA desde la instauración de este en 1992. Llegó a estar décimo a finales de 2017.

Detalle que sorprende: quedó a casi nada de ser cabeza de serie en el sorteo del primer día de diciembre, en el Kremlin de Moscú. Todo por la magia de un Tigre capaz de generar terremotos. Y de detenerlos. O algo así.

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Fuente: Clarín

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