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Un López

De entre todos los López posibles, Ulises Rosell cuenta con su cámara uno íntimo. La magnífica obra está en el fondo, no explicada por el documental, lo cual le confiere el justo peso de un clásico contemporáneo, uno al fin nuestro. No se trata de registrarlo en acción, sino más bien de mostrar el aspecto íntimo de un creador que lidia no tanto con su obra sino con la paternidad, la muerte, el miedo, la futilidad. La engañosa fotografía es la trampa: como López teatraliza la vida inasible y la congela en pinceladas de hule, fetas de colores saturados y melodramática afectación, su propia vida es difícil de leer en clave de angustia. Pero Rosell sabe que López siempre se expone (en su obra y por fuera). Dice en voz baja que está pasando un momento difícil. Se lo dice a todos a su alrededor, sin impostura, sin esperanza. Y su larga confesión decorada de mudanzas, pérdidas y visitas a su madre en Santa Fe produce una empatía automática: todos lo quieren. Todos. Alrededor de López se rejunta amor de todos los colores. El dentista terapeuta, el acupunturista con dudoso traductor, el vecino bandoneonista que le corta la mesa para meterla en su departamento de divorciado, los talleristas a los que viste de feria americana y ubica frente a cámara con órdenes estrictas, sus hijastros militantes en edad de abandonarlo para irse con Lena a México: todo alrededor de López vibra en una armonía polifónica. Su arte reúne y sana. Pienso que López siempre fue una antena. Cataliza un destino común y lo expresa como exageración y como broma para un país entero: país de mierda, pop latino para tirar a la basura o llevar al Moma, bouquet de curadores engañables y desorientados.

Rosell estrena López en el Bafici y pienso súbitamente que nos sobra alma y nos falta tecnología. Allí están las cien películas del Festival que querría ver, pero la página no funciona. Yo también estrené y no pudo verme ni mi familia. Con la virtualización las cosas se acercan pero se alejan. Sin presencia, estamos en manos de proveedores de internet que también fallan. Llamo al mío dos veces por semana pero no guarda registro de mis reclamos anteriores, así que siempre estoy como empezando a quejarme de algo que no progresará. No se habla lo suficiente de esta pérdida, vamos resignados a una intermitencia con el arte que –por otra parte– se nos ofrece por todas partes como envase, envoltorio, plástico, propaganda: el contenido nos es cada vez más esquivo. 

Busquen a López y encuéntrenlo.

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Fuente: Perfil

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